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24/08/2017 00:56:21

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Fotografía: Antonio Sánchez Miranda



Introducción

La estandarización del cotidiano vivir fue poco a poco relegando al olvido los usos y costumbres tradicionales de cada una de las regiones y comarcas de España, con unas señas de identidad bien acuñadas de antiguo.

Este proceso representó para muchos quizá un signo de modernidad, pero para otros era el comienzo indefectible del declive de esa particular y genuina forma de vida definida por un mobiliario, una vestimenta, unos oficios de rancio sabor tradicional que ahora iban a ir desapareciendo.

Conscientes de esa situación, los responsables de la cultura de la época se vieron en la necesidad, en España y en diversos países europeos, de impulsar la creación de museos y de centros de estudio donde se conservaran diversos objetos que habían configurado ese vivir tradicional y desde donde se impulsaran estudios e iniciativas para mantener costumbres y tradiciones que marcaban la cultura de un pueblo.

En España, desde la Dirección General de Bella Artes, con los antecedentes bien significativos de la labor que pioneros como Hoyos Sainz, Caro Baroja y los colaboradores de la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares habían desarrollado desde la década de los años veinte, se impulsó en los años sesenta y setenta un ambicioso programa museográfico de suerte que en diversos Museos Provinciales a las tradicionales secciones de Arqueología y Bellas Artes se sumó la de Etnografía con el fin de mantener usos, costumbres y tradiciones que no debían en modo alguno desaparecer. Esta labor dio sus frutos y así se formaron  interesantes colecciones en diversos lugares significativos como la Huerta, La Rioja, Andalucía que hoy son museos punteros en materia etnográfica. A estas iniciativas se sumaron otras no menos considerables debidas a instituciones como la que llevó a cabo la Universidad Autónoma de Madrid.

En Extremadura, la situación también fue comprendida por diversas personas e instituciones y nos consta que la labor de nuestros grandes folkloristas, Isabel Gallardo, la gran especialista en el folklore de la zona que nos ocupa, entre ellos, fue seguida por otras iniciativas de las que cuajaron pocos proyectos, pero importantes y ahí está la espléndida realidad del Museo de Olivenza “González Santana”, que se formó gracias a la decidida voluntad de su creador y al entusiasmo de todo un pueblo.

Desde el año 2000, Don Benito, cabecera de una gran y señera comarca, se ha incorporado  al programa de explicar a través de piezas emblemáticas esas formas particulares de vida y además lo hace con vocación de ser un museo moderno, donde se conserven, investiguen y desde el que se difundan esos usos y costumbres.

Para ello, la adquisición por parte de su Ayuntamiento de un magnífico edificio, la Casa-Palacio de los Condes de Campos de Orellana, ha resultado fundamental, pues resulta ser el marco ajustado, tanto por sus caracteres tipológicos como por la fecha de su construcción y vida, para exponer las piezas que se utilizaban en ese periodo. La adaptación de sus diversos pisos y dependencias para albergar las distintas secciones en las que se estructura el Museo nos parece acertada, pues se ha sabido sacar partido de ello, como muestran particularmente los antiguos doblados de la casona, hoy lugar de exhibición de los tradicionales aperos agrícolas y ganaderos o el patio, con habitaciones bien utilizadas para exponer los elementos de una cochera, por ejemplo.

Las diversas estancias de la casa, tanto las más oficiales como las privadas muestran, cada una en su carácter, aspectos de la vida sencilla, industriosa, con aspectos de la actividad agrícola y ganadera o la religiosidad para lo que, como no podía ser de otra manera, se ha aprovechado la sacristía y la capilla del palacio.

A lo largo de las salas, una buena parte de esas 3000 piezas que la logrado reunir el Museo gracias al afán de las autoridades y de todo el pueblo de Don Benito, nos permiten evocar cómo era el despacho de los profesionales más cualificados de la época, el abogado y el médico. Esos recios muebles de “aire castellano” con relieves y esa mesa nos recuerda a más de uno la consulta jurídica que efectuamos algún día y los Rayos X, la típica balanza son las que vimos en las consultas de nuestros médicos de cabecera, por no recordar algo más desagradable como el torno del dentista o sus peculiares instrumentos que tanto pavor nos producían.

Aspectos de la vida cotidiana: la vestimenta tradicional, los juegos, la fotografía, los ultramarinos con sus mostradores, balanzas y olores tradicionales, bien acentuados en las propias droguerías, son imágenes de nuestra niñez siempre presidida por la vida de la escuela, excelentemente reproducida en otra sala del Museo y cuya contemplación nos sugiere cantar con nuestro gran poeta: “Y todo un coro infantil va repitiendo la lección/ mil veces ciento, cien mil/ mil veces mil, un millón”. Como se ve, la escenificación es perfecta.

A través de las salas del Museo, en suma, nos acercamos a las formas de vida de una sociedad que ya no es la misma, que practicó la ganadería y la agricultura con todo su esfuerzo de acuerdo con las posibilidades y técnicas de la época y que desarrolló una más que interesante cultura fluvial, de la que apenas queda hoy nada. Albañiles, herreros, cordeleros, carpinteros, hojalateros, zapateros desfilan   ante nosotros con sus producciones tradicionales hoy tan codiciadas.

El Museo se completa con otros aspectos que lo acercan al carácter de un Museo de Historia de la Ciudad, pues no faltan documentos valiosos, producciones pictóricas de sus más renombrados artistas en ese patio cubierto a manera de luminoso vestíbulo y una sección de ese gran escultor que fue Torre Isunza, del que se exponen 29 obras.

 

El Museo Etnográfico de Don Benito es, por tanto, un excelente proyecto tanto por conseguir acercarnos a esas formas de vida que ya no existen como por su atención constante por mantenerlas en nuestra memoria colectiva y potenciarlas por medio de iniciativas inherentes a una institución museológica.

José María Álvarez Martínez

Director del Museo Nacional de Arte Romano


 

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